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Estados de ánimo y crecimiento personal

¿Alguna vez te ha pasado que actúas de una manera o dices algo de lo que te arrepientes? ¿Le has llegado a responder a tu jefe de mal modo por tu mal humor? O peor aún ¿tus malas actitudes han generado un mal ambiente en el equipo de trabajo?

Mentiría si te dijera que a mí nunca me ha pasado alguna de las anteriores. Considero que es verdaderamente molesto sentir que no somos dueños de nuestras reacciones (y, por ende, de nuestras acciones), y que vamos por la vida a merced de nuestras reacciones como un pequeño volcán latente que podría despertar a la mínima provocación.

Es importante mencionar que cuando hago la analogía con un volcán, no necesariamente significa que estoy haciendo referencia únicamente a emociones que pueden ser consideradas negativas, como el enojo, si no que aquí podría entrar cualquier emoción que no podemos controlar, como la tristeza (es horrible llorar en el trabajo) o alegría, lo que también haría que tus compañeros no trabajen de manera efectiva. Cuando no existe una gestión de nuestras emociones, somos propensos a desbordarlas arrasando con ellas todo lo que encontremos a nuestro paso.

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La buena noticia que te tengo es que hoy vamos a platicar sobre dos maneras en las que podríamos gestionar de manera asertiva nuestras emociones, y evitar así ser controlados por ellas.

Para entender los dos métodos que te quiero compartir, primero tenemos que entender de dónde surgen nuestras acciones.

Recordemos la tercera ley de nuestro amigo Newton: “Toda acción genera una reacción”, a la que yo añadiría: “que genera una nueva acción”; es decir, que para que nosotros actuemos siempre tiene que existir un detonante (llámale motivación, propósito o como le quieras decir). Pero ¿por qué las personas podemos reaccionar diferente ante situaciones similares? Porque el impacto emocional que una situación representa para cada individuo es diferente, ya que lo aprendemos en nuestro entorno, (educación, valores, historia de vida, etc.) y este aprendizaje es lo que nos lleva a ponerle un nombre a lo que sentimos y a convertirlos en sentimientos, los cuáles determinan nuestros estados de ánimo; y al ser seres que actúan desde su emoción, nuestros estados de ánimo determinan cómo vamos a comportarnos.

Por eso, nuestros pensamientos repetitivos son tan peligrosos, ya que se convierten en hábitos que determinan nuestro estado de ánimo, y al actuar desde esa emoción estamos creando nuestra identidad.

Y aquí entra la palabra del año: Consciencia.

Refiriéndonos a que si no somos conscientes de los pensamientos y emociones que nos rigen, poco podemos hacer para modificar nuestras acciones y, en consecuencia, nuestro futuro.

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Lee también: Asumir el rol del observador consciente

Pero bueno, regresemos a los métodos.

Método 1: “Fake it ‘til you make it”

Cambia tus acciones de manera consciente hasta que se conviertan en hábitos, y que estos reencuadren tu estructura de pensamiento. Ojo, este método es verdaderamente efectivo para cambios superficiales e instantáneos como, por ejemplo, cuando ha sido un día pesado y tienes que continuar atendiendo usuarios de manera remota. Siempre sirve utilizar un espejo para ver tu lenguaje no verbal y “fingir” que estás en tu estado óptimo antes de responder una llamada. Otro ejemplo podría ser caminar con la vista en alto, o fingir una sonrisa (de manera consciente e incluyendo la mirada) para mejorar nuestra emocionalidad cuando nos sentimos decaídos, ya que está comprobado que el cerebro no distingue si lo estamos haciendo por auténtica felicidad o fingiendo, y reacciona como si fuese felicidad verdadera. 😀

Y más allá del tema de programación emocional consciente, aquí también hay uno neuroquímico. Las emociones como las sentimos son producto de un cóctel químico que nuestro cerebro manda cada vez que reaccionamos ante un estímulo. Si somos capaces de alterar los componentes del cóctel mediante disciplina podemos incidir positivamente en la manera en la que reaccionamos ante las cosas. El ser humano tiene como gran característica definitoria su adaptabilidad.

 

Método 2: “Desmenuzando el meollo del asunto”

Ahora, si la emoción es un poco más profunda, tenemos que analizar cuál es la causa raíz que nos está generando el estado emocional desde el que estamos actuando. Hazte las siguientes preguntas: ¿Qué es lo que verdaderamente está causando tu reacción? Si fueras la contraparte en esta situación ¿qué dirías? ¿Por qué tiene el poder de afectarte? ¿Dónde lo aprendiste? ¿Te acerca o te aleja de tus metas? ¿Qué consejo te daría un experto / alguien que admiras / o alguien a quien le importas? ¿Cómo puedes modificar esta reacción?

Si logras cambiar el pensamiento que detona tu reacción habrás logrado crecer como persona.

Es importante que sepas que esto no es receta mágica. Hay ideas tan enraizadas que necesitarás mayor acompañamiento para lograr modificarlas, pero lo importante es que seas consciente de estas para que puedas hacer algo al respecto.

¡Mucha suerte en tu autodescubrimiento! Ojalá nos compartas si aplicaste alguno de los métodos y cómo te fue.

Sobre el autor

Monserrat Monjarás
Monserrat Monjarás

Licenciada en Comercio y Negocios Internacionales por la EBC, encabeza en icorp el departamento de Business Development, una PMO enfocada en el desarrollo de proyectos de innovación. Tocar el piano, la música, leer y viajar representan los pilares de Monse, quien habla español, inglés y portugués de manera fluida.

1 Comment

  1. Omar Salinas Omar Salinas Ledesma Reply

    Hoy es un buen día para ponerlo en practica, sin importar cuando lo leamos 🙂

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